Ansiedad: la que llega a la fiesta sin ser invitada

A la fiesta de mi vida, que en definitiva, como la vida de la mayoría de los seres humanos, la mayor parte del tiempo no es una fiesta. A veces parece más bien un paseo por un parque de diversiones en el que no te diviertes, un mal viaje en montaña rusa con náuseas a tope y ganas de bajarte sin saber cómo. A veces.

Aunque el diagnóstico oficial de ansiedad lo tengo desde hace unos cinco años, (diagnostico emitido por mi psiquiatra), mi personalidad obsesiva, intensa y perfeccionista no ha sido nada nuevo. De niña me podrían haber catalogado de muchas maneras, pero pensar que la morrita que dirigía los honores a la bandera y hablaba en público sin problemas para improvisar, sufría de ansiedad, habría sonado a un disparate. Porque aquella niña, a los ojos de sus maestros y familia, transpiraba seguridad.

A veces quisiera ser otra vez esa niña. Pero cuando recuerdo las angustias repentinas, el miedo constante de que algo les pasara a mis padres, el terror a la combi roba niños, las obsesiones, las pesadillas después de ver las noticias; no muchas gracias. Desde niña, el mundo me parecía un lugar emocionante, pero también escalofriante, aunque no se lo contara a nadie.

Malditas películas de Disney. Pinches novelas de Televisa. ¿Por qué las protagonistas eran siempre huérfanas y víctimas de todo tipo de oprobios? Sí, el final era feliz, pero ¿y el proceso? Yo, frente a esas tragedias televisivas podía considerarme tremendamente afortunada, pero, ¿por cuánto tiempo? Menos mal que a mi mamá ni de chiste se le pasaba por la cabeza ir a bucear, y yo podía dormir tranquila pensando que al menos no quedaría huérfana como la niña del diario de Daniela (por si no se acordaban, queridos millennials, Leticia Calderón, la mamá, terminaba muriendo al quedarse sin oxígeno mientras buceaba en paradisíacos arrecifes).

A Dios le pedía constantemente que nada les pasara a mis papás, que no termináramos mis hermanas y yo en un orfanato, que me dejara morirme antes que ellos. O mejor aún, que Jesús viniera antes de que le pasara algo a la gente que quería, y así pudiéramos vivir felices para siempre, como en las películas de Disney pero sin el drama.

Y, hasta cierto punto, Dios me escuchó. Así que cuando perdí a mi papá poco después de yo llegar a la mayoría de edad, no tuve mucho que reclamarle. “Me lo prestaste 18 años, lo tuve durante mi niñez y mi adolescencia, gracias por dejarme crecer con él.” Porque en esos momentos, mi cabeza que me imagino yo, por puro instinto de supervivencia trataba de enfocarse obsesivamente en todo lo peor que podrían haber sido las cosas, y así observar lo bueno (o no tan malo de la situación) y ser agradecida. Era eso o enojarme permanentemente con la vida, y yo a mis 18, todavía tenía muchas ganas de vivirla. No tenía puta idea de lo que se me vendría encima a nivel emocional y mental.

La muerte trágica, violenta y repentina de mi papá me dejó con un montón de preguntas y muy poca confianza en la vida. Mientras antes con todo y mis miedos podía levantar la cabeza y convencerme a mí misma de que debía confiar, de que todo iba a estar bien, después de aquella pérdida inesperada perdí la mucha o poca paz que tenía. Fueron meses, años de paranoia, y aunque el dolor lascerante disminuyó con el tiempo, el miedo se quedó ahí.

Para controlarlo o evadirlo, me concentré en la universidad, en mis actividades académicas y extra académicas, en los conciertos ensamble, en las obras de teatro, en todo aquello que me hacía sentir viva, en el presente. Las artes escénicas tienen la facultad de que por un momento se te olvide todo, hasta quién eres. Uno no puede recordar un guión kilométrico e interpretar a un personaje frente a un público en vivo y estar pensando en posibilidades catastróficas al mismo tiempo. Creo que eso es lo que más extraño del escenario. Cambiar de ciudad al año de la muerte de mi papá fue de gran ayuda. De alguna manera pude poner distancia con el trauma, con lugares que me generaban enojo, impotencia y todas esas cosas que uno siente ante las muertes injustas. Vivir en otra ciudad me ayudó a comenzar de nuevo.

Luego vino un susto enorme de salud que terminó en mi diagnóstico de endometriosis. Y una vez más, estuve agradecida porque aquello no era el peor escenario y yo estaba viva. Y al fin entendía el origen del dolor menstrual debilitante que había sufrido durante años. Valoré más mi vida y también tuve más miedo. La ansiedad estaba ahí, pero yo no sabía que se llamaba así. Mi terapeuta me escuchaba y me ayudaba a ver las cosas desde otra perspectiva. Tenía una red de apoyo sólida, tanto en Guadalajara (mi ciudad adoptiva) como en Sonora, mi lugar de origen. Extrañaba a mi familia los domingos, pero tenía planes con mis amigos o mis primos exiliados en la perla tapatía. Me concentraba en sacarle jugo a la vida y disfrutar lo más que pudiera.

Me gradué de la universidad, encontré un trabajo que me fascinaba, hasta que dejó de hacerlo, me concentré en pagar mi renta, salir con mi novio, tocar música con mi banda y con mi sueldo de recién egresada, pagar mi terapia. Porque la angustia constante no se iba. Porque tenía que estar ocupada todo el tiempo, para evitar que el miedo y la angustia me rebasaran. Porque después de perder a mi papá no podía bajar la guardia, lo peor podía pasar en cualquier momento. Y así fui una ansiosa funcional durante años.

Luego, poco a poco, en mi familia, empezamos a ver los efectos tremendos que tuvo la pérdida de mi papá a nivel mental; de cómo convertirme en su suplente imperfecto (como hija mayor) me estaba causando problemas; de cuánto nos había destruido aquello a mi mamá, a mis hermanas y a mí. Aunque continuáramos con nuestras vidas y nuestros allegados nos tildaran de fuertes y valientes. Ninguna de nosotras quería ser eso. Ninguna de nosotras lo había elegido; pero la vida sigue y había que continuar.

Mi diagnóstico de ansiedad llegó años después, al poco tiempo de casarme con el mejor compañero que pude haber elegido. Decidimos dejar México y probar suerte en otro país. Lo que al inicio parecía una aventura emocionante comenzó a convertirse en un reto enorme. Lo inviernos friísimos, larguísimos, el hecho de que yo no tenía permitido ejercer mi profesión y esto además de frustrarme, me afectaba moralmente porque me daba una vergüenza enorme cuando alguien me preguntaba en qué trabajaba y yo, con mi título universitario, mi diploma de excelencia y mi mente hiperactiva, me desmoronaba ante tal pregunta.

Y aunque fui construyendo una red de apoyo nueva y hermosa en el nuevo lugar de residencia, el no sentirme intelectualmente retada, la soledad a veces ineludible de la vida migrante, la endometriosis y problemas familiares serios que en aquel momento afectaban de forma directa a algunas de las personas que más me importan, me lanzaron en espiral hacia abajo. De pronto, la persona dinámica, segura, inteligente y empoderada que me consideraba, (qué modesta) ya no estaba ahí. Me veía al espejo y no me reconocía.

Después de sufrir un fuerte episodio y no poder dormir, una gran amiga expatriada como yo, me dijo: “Eso es ansiedad. Y tienes que tratarla ya”. Busqué una terapeuta en aquel lugar y empecé a trabajar con herramientas de atención plena, en las que encontré algo de mejoría, aunque había días que me costaba levantarme de la cama. Un par de meses después, en un viaje a México mi familia me convenció de ver al psiquiatra (para bien o para mal esto no es un tabú en mi familia, pues varios miembros cercanos han tenido retos de salud mental). Yo estaba negada, porque de cualquier manera ya tenía una terapeuta y estaba trabajando en sentirme mejor. ¿Qué iba a hacer el psiquiatra? ¿Darme pastillas para dejar de ser yo? Todo lo contrario.

El Dr. Peterson me diagnosticó en aquel momento con depresión estacional, activa y reactiva. ¿Deprimida yo? No me lo podía creer. Con mi personalidad intensa, curiosa e hiperactiva, identificarme con el concepto de depresión me costaba trabajo, pero el experto era él y no yo. Me explico que tenía años viviendo en un estado constante de ansiedad, y ante la situaciones actuales y los retos que estaba viviendo, aquella ansiedad había desencadenado una depresión. Me recetó un antidepresivo con efectos sobre la ansiedad. Me lo pensé bastante antes de tomarlo, pero un día, en casa e mi mamá, frente a otro episodio de lo mismo, decidí no pensarlo más.

Un mes después me pude reconocer frente al espejo. Aquello parecía magia. Por fin había vuelto a ser yo.

Pero la historia no termina aquí. Me gustaría decir que la pastillita ha sido el remedio para todos mis males; pero eso está muy lejos de la realidad. Nuevos retos, una mudanza a un país todavía más lejos de mi familia, con otro idioma… y encima la endometriosis había regresado a pesar de que cada médico que había consultado en los últimos años me dijo que todo estaba perfecto.

En mi primer año en Alemania pasé por el quirófano tres veces. La endometriosis me provocó una apendicitis que me podría haber matado. Tres operaciones después recuperé mi vida y las ganas de vivirla. Pero detrás de esas operaciones hay años de dolor, incertidumbre y miedo. Mucho miedo. Y de eso se alimenta la ansiedad. No voy a profundizar en el tema de la endometriosis porque ese es tema para otro post (o para muchos más)

La ansiedad no se va del todo. A veces, a ratos, se toma vacaciones (generalmente cortas) por lo que sigo trabajando en terapia y hago lo que está en mis manos por controlarla; hay días buenos, otros no tanto. Quien padezca ansiedad sabrá de lo que hablo: es cansado vivir con ella. Y si escribo este post es por una sencilla razón: es mi deber. En los últimos años los índices de ansiedad se han disparado entre los jóvenes, y las redes sociales parecen estar contribuyendo a ello.

Si llegaste aquí por medio de mi cuenta de Instagram o de mi canal de Youtube, donde comparto momentos bonitos, recetas y fotos lindas, siento la responsabilidad de sincerarme un poco y contarte que mi vida está muy lejos de ser perfecta, aunque las redes sociales platiquen otra historia. Lo hago porque yo misma a veces me canso de ver “newsfeeds” perfectos e inspiradores, y aunque sé cómo funciona este juego, en ocasiones caigo en la trampa y pienso en lo afortunado o afortunada que es tal o cuál persona, en lo feliz que se ve, en lo bien que se sentiría estar en sus zapatos y no cargar con mis traumas, mis miedos y la ansiedad. Pensar así es ridículo, porque de entrada estoy asumiendo un montón de cosas de una persona que realmente no conozco. Es posible que se enfrente a retos tan grandes o más grandes que los míos. El hecho de que no hable de ellos en sus redes sociales no significa que no existan.

Hace unos meses, una chica que ve mis videos en Youtube me escribió para agradecerme por las recetas, contándome que prepararlas le ayuda a manejar su ansiedad. Le conté que a mí también, cocinar me ayuda a disfrutar la vida y el momento presente, a ponerle un freno, aunque sea momentáneo, a esa hija de puta. Su respuesta fue: “No puedo creer que también tengas ansiedad, te ves una persona súper segura, optimista y alegre”. Bueno, pues puedo ser alegre (e intentar ser optimista), segura a veces, y también tener ansiedad, esa no respeta. Es el padecimiento mental más común del mundo, y en nuestra generación estamos sufriendo una epidemia.

Hablarlo es la mejor forma de quitarle el estigma, de hacer que otros con el mismo problema sepan que no son los únicos, que no están solos. Que se puede vivir una vida plena con todo y la ansiedad (mientras lo escribo, trato de convencerme de ello; al menos eso dice mi psicóloga); que aunque no se cure, se puede controlar. Pero para eso se necesita una red de apoyo, sentirse acompañado, y la guía de un buen terapeuta.

Por mi parte, si sufres ansiedad, quiero decirte una vez más que no eres el único. Que hay posibilidades. Que aunque a veces tengamos ganas de tirar la toalla vale la pena levantarse y buscar soluciones. Porque aunque la vida no es color de rosa para nadie, tiene momentos increíbles y hermosos que valen la pena vivir (de ahí sacamos material para nuestras cuentas de Instagram, ja!).

Y por último, voy a sonar repetitiva, pero no te creas todo lo que ves en redes sociales. Trata de tomar lo que te aporte, lo que te inspire, y si de pronto te sientes abrumado por la avalancha de expectativas y fotos perfectas, date unas vacaciones. Elimina la app por un par de días o los que hagan falta. Busca a tus amigos, a tu familia, a la gente que quieres. Un millón de likes no superará nunca la interacción real, las palabras de tu gente, el abrazo de tu mamá, la compañía de verdad.

11 Comments

  • Varenka GomezdelCampo

    Querida Damiris, eres muy valiente al escribir acerca de tu padecimiento. Si te admiraba por tu gran capacidad de crear y además compartir ese don que tienes para la cocina y la de forma tan sencilla de tus recetas y pues ahora te admiro mucho más.

    Aunque fue breve el conocernos, me da gusto verte a través de los vídeos.

    Te mando un abrazo con mucho cariño y si de algo te sirve, piensa que eres una chingona por todo lo que has pasado y has superado. Como dicen: “You are braver than you believe, stronger than you seem and smarter than you think”.

    Te deseo que cumplas todos tus sueños y que la vida te siga llenando de bendiciones. Sigue gozando intensamente de los buenos momentos y “sacar la casta” en los no tan buenos y acuérdate en esos baches que “aún esto también pasará”.

    Con afecto,
    Varenka

  • Carolina

    Hola Dámaris!! Llegaste a mi vida con tu receta de Birotes. En casa la hemos hecho ya por lo menos una docena de veces porque mi marido también es tapatío y vivimos en Alemania. Nos encanto el hecho de poder comer unas ricas tortas ahogadas fuera de México y te lo agradeceré de por vida. Me caíste bien desde la primera, ambas somos del norte, por lo que publicas creo que estudiamos en la misma universidad y empezé a leer tus blogs de cuando vivías en Estados Unidos y cuando dejaste tus queridas plantas. Te considero una guerrera que te reinventas cada día como lo hacemos todas las que vivimos fuera de casa. Yo no lo logro tanto como tu y por eso te admiro. Te mando un fuere abrazo, sigue así, lo estás haciendo muy bien.

  • Erika

    Muchas gracias Dámaris por compartir parte de tú vida. Empecé a ver tús videos con 7 errores para hacer pan y disfruto ver todos tús videos, el solo verlos me acercan y llevan a mi México lindo y querido. Gracias por ser como eres y compartir tús conocimientos y experiencias de vida. Por favor recuerda que hay mucha gente que te quiere y me gusto saber que estás saliendo adelante de la ansiedad, que es muy delicada y silenciosa, no es fácil identificar cuando se tiene,. Dios te bendiga siempre. Un abrazo

    • Monica cuellar

      Gracias por compartir tu historia… eres muy valiente en contar algo tan personal. Espero que quienes se acerquen a leer tu historia te traten con el debido respeto que te mereces.

    • Mónica Cano Conover

      Me encantó leerte y también he seguido algunas de tus recetas. Igual que tú yo también emigre a USA y si los inviernos son largos, también fui diagnosticada con ansiedad, he dejado la medicina pero ahora me centro en cocinar, en mi familia, mi trabajo soy maestra de español en una prepa y disfrutar el invierno.
      Te mando saludos y gracias por compartir tu historia. Me encantaría saber más sobre tu novela.
      Mónica

  • Yenizzel Dorame

    Admiro la forma en que compartes tu vida y te expones vulnerable con el fin de ayudar, no solo a los que tienen tu condición, si no a todas las personas que pasan por momentos dificiles y les cuesta trabajo ver la luz al final del camino. Un abrazo.

  • Nancy Tovar

    Damaris que hermoso que nos compartas parte de tu vida. Me encanta leerte en redes, y hoy descubrí este blog. Que bonito! Me da mucho gusto y te deseo todo el éxito del mundo! Te mando un fuerte abrazo! Pd. soy tu fan! 💕

  • Marina

    Querida Dámaris,

    Me han emocionado mucho tus palabras pues me siento identificada y por tanto me ayuda a no verme como la rara, la débil, la víctima…

    Gracias por compartir tu historia y la reflexión sobre las redes sociales. Seguro que le ayuda a muchas otras personas incluyendo “followers” e “influencers”.

    Un abrazo, nos vemos pronto.

    Eme Jeje

  • Carmen Dorantes

    Eres una persona admirable … Una guerrera de vida … Gracias por compartir algo tan personal mi admiración y respeto por siempre.
    Abrazos!!!

  • Irais

    Hola Dámaris,
    Apenas descubrí tu canal, me gusto mucho que decidí entrar a tu página web y me sorprendió tu historia de ansiedad, mi pareja sufre de eso y ha sido muy complicado todo este tiempo, porque es una enfermedad compartida, es muy difícil ver sufrir a una de las personas que más amas, a veces crees que no ves la luz.
    Leer tu historia me dió fuerza para seguir animando a mi pareja a seguir adelante, porque como bien dices… la ansiedad no se va! pero es tratable.
    Agradezco mucho haber encontrado tu canal, mucho éxito para tí!!
    Saludos

  • Nikita

    Hello Damaris,

    You have written it so beautifully. Your story gives inspiration and strength.

    As an anxiety patient myself,
    I can relate with your story so much as sometimes even I feel where is my younger version who used to be so confident and daring all the time.

    I am glad that life gave me chance to know you personally.
    Thank you for sharing your story. You are a beautiful person.

    Love,
    Nikita

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